Universidad Nacional Autónoma de México
Colegio de Ciencias y Humanidades
Plantel Azcapotzalco
Integrantes del equipo:
Lujano Flores Oscar Ivan
Meza Cevallos Mauricio
Morales Lopez Nallely
Orozco Sotelo Brayan Efrain
Perez Vazquez Miguel Uriel
Rojas Moreno Yessica
Rosales Garcia Ricardo Bryan
Valle Hernandez Axel Eduardo
Zermeño Franco Berenice
Integrantes del equipo:
Lujano Flores Oscar Ivan
Meza Cevallos Mauricio
Morales Lopez Nallely
Orozco Sotelo Brayan Efrain
Perez Vazquez Miguel Uriel
Rojas Moreno Yessica
Rosales Garcia Ricardo Bryan
Valle Hernandez Axel Eduardo
Zermeño Franco Berenice
Elaborado por: Yessica Rojas Moreno
Profesora: Susana Huerta.
Grupo: 415
De acuerdo
con un dato contenido en la iniciativa de reforma a la Ley Federal contra la
Delincuencia Organizada que promueven los diputados Ricardo Monreal Ávila y
Ricardo Mejía Berdeja, el tráfico de drogas se ha convertido en la quinta
fuente de empleo del país, con unas 468 mil personas dedicadas a alguna de las
facetas de esa actividad delictiva.
La cifra
procede de un estudio de Viridiana Ríos y Kevin Sabet difundido en 2008. En
agosto de ese mismo año el entonces titular de la Secretaría de la Defensa
Nacional, Guillermo Galván Galván, estimaba en medio millón el número de
personas que trabajan de manera directa en los distintos segmentos del narco.
El militar desagregó la cifra de esta manera: 300 mil sembradores; 160 mil
narcomenudistas, transportistas, distribuidores e informantes, y unos 40 mil
líderes de distintas jerarquías, pero no se refirió al número de sicarios al
servicio de los cárteles. Dos años más tarde, el investigador de la UNAM José
Luis Calva Téllez afirmó que el narco había creado para entonces unos 600 mil
empleos, lo que lo convertía en el mayor generador de puestos de trabajo.
En todo
caso, los datos mencionados no necesariamente incluyen los trabajos indirectos
creados por el narcotráfico en actividades que van desde el abastecimiento de
materias primas para refinación de drogas hasta el lavado de dinero en
entidades bancarias y financieras o en otros sectores económicos, o bien en
asignaciones de telecomunicaciones, construcción y esparcimiento, por citar
unas cuantas no necesariamente ilegales, por lo que el peso del narcotráfico en
el conjunto del empleo es sin duda mayor que lo sugerido por las cifras
referidas.
Independientemente
de cantidades precisas, es innegable que el trasiego de sustancias ilícitas y
las actividades accesorias a éste han terminado por convertirse en el único
horizonte de vida posible, si no es que deseable, para una cifra mucho mayor de
personas. Entre agosto y noviembre del año pasado la Facultad Latinoamericana
de Ciencias Sociales (Flacso) realizó un estudio en ocho entidades del país
(Baja California, Chihuahua, Colima, Durango, estado de México, Guerrero,
Tabasco y Tamaulipas) en el que se encuestó a mil 400 alumnos de secundaria de
entre 13 y 15 años de edad sobre sus expectativas de vida y ocupación. El
primer lugar de las preferencias lo ocuparon el narcotráfico y el sicariato
(26.3 por ciento), seguido del sector empresarial (17), el magisterio (12.4),
el Ejército o la policía (10.7), el servicio público (4.4) y la emigración
(1.4).
En cuanto a
las divisas que el tráfico de drogas coloca en la economía nacional, se sitúan
en la magnitud de las decenas de miles de millones de dólares (de 10 a 60,
según diversas fuentes), es decir, en un nivel comparable al de las remesas
enviadas por trabajadores mexicanos en Estados Unidos (unos 20 mil millones de
dólares) y al de las exportaciones de petróleo (entre 14 y 24 mil millones).
Es decir,
por cantidad de empleos generados, por volumen de recursos y por presencia en
el panorama social, el narcotráfico se ha convertido en un sector de la
economía nacional.
La primera
implicación de este hecho es que la erradicación del trasiego de drogas
ilegales por vías meramente coercitivas (como dijo que pretendía hacerlo la
administración anterior) es una tarea irrealizable, en el mejor de los casos, y
de implicaciones genocidas en el peor, si se considera que el discurso oficial
del calderonismo llegó a considerar deseable la eliminación física de “los
narcos” en general, es decir, la muerte de medio millón de personas.
Por lo
demás, es claro que no habrá una victoria posible del estado de derecho sobre
esa que es la principal forma de delincuencia organizada en el país si no se
emprende una política de crecimiento económico –centrado en las actividades
legales, se entiende– y un programa de generación de empleos dignos y bien
remunerados. Ciertamente, la persecución de los delitos –y el trasiego de
estupefacientes ilícitos es uno de ellos en la actual configuración de las
leyes– es una tarea irrenunciable de las autoridades. Pero se requiere, además,
la aplicación de medidas económicas y sociales capaces de disuadir a millones
de personas –particularmente, a personas jóvenes– de ingresar en los círculos
de la criminalidad y, para ello, el país debe ofrecerles perspectivas de
desarrollo personal y laboral.
Por: Rojas Moreno Yessica
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